Sobre cambiar de carrera y estudiar con depresión.

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Mi historia no es la típica historia de cómo escogí una carrera por las razones equivocadas y luego decidí seguir mi verdadera pasión. Tiene más que ver con lo difícil que es para algunos de nosotros adaptarnos a la educación tradicional y también con lo que implica involucrarse en el mundo cuando tienes una enfermedad mental y con cómo la depresión te consume hasta alejarte de lo que existe a tu alrededor y de ti misma.

Siempre supe que eventualmente iría a la universidad. Y nunca tuve claro qué quería estudiar, la verdad no recuerdo qué pensaba sobre eso cuando era niña, o qué respondía cuando me preguntaban que quería ser de grande, probablemente porque mis respuestas cambiaban mucho. A lo largo de mi vida he tenido muchos intereses, hay demasiadas cosas que me llaman la atención y nunca he podido encontrar una sola pasión, creo que se pueden tener muchas.

Cuando era adolescente vi muchas películas, hubo una temporada en la que veía una película diaria y también iba mucho al cine, a veces iba sola después de clases. Entonces quería escribir guiones para películas, eso sí que lo tenía claro.

Pero también tenía claro que quería dedicarme a las ciencias naturales y ser una “gran científica”, no se por qué. Tal vez porque estuve muchos años en Kumon y me volví “buena” en matemáticas, o porque mi mamá veía muchos documentales y puede ser que eso haya despertado mi interés. Recuerdo que en la prepa me encantaba la clase de biología, tuve un profesor muy bueno que me inspiró y creo que fue después de leer un artículo magnífico sobre el origen de las células eucariotas de Lynn Margulis que decidí que quería estudiar biología.

Estaba feliz de que por fin sabía que hacer con mi vida porque a esa altura ya estábamos tomando orientación vocacional y el tema de qué carrera escoger era recurrente y sentía la presión de saber qué hacer, entonces hice el examen de ingreso a la UNAM, estaba segura de que lo iba a pasar pero, por si acaso, también hice el del IPN y la UAM.

Hice los exámenes y esperé confiadamente. Cuando llegaron los resultados, recibí uno de los más duros golpes de realidad de mi vida. Había aprobado el de la UAM y también el del poli pero el de la UNAM no, el que más me interesaba. Me deprimí mucho más de lo que pude darme cuenta en ese momento.

Así que entré a biología en el poli, en el turno de la tarde, porque siempre he preferido la obscuridad. No me gustó nada desde el inicio, por varias razones que podría detallar pero prefiero no hacerlo. Pero lo que más me afectó fue esa tristeza que sentía por mi fracaso, aunque no sabía que era por eso.

Me gustaba ir a la clase de laboratorio porque podía usar el microscopio y aprendía mucho pero las demás clases no me gustaban y en algunas me sentía perdida e incapaz, en otras, aburrida. Toda la incomodidad se fue acumulando hasta que no pude más y dejé de ir a clases regularmente. Iba a alguna de vez en cuando, pero me agotaba, regresaba quejándome y sintiéndome mal.

Entonces, por primera vez, cambié de carrera. Estaba tan decepcionada de toda la experiencia universitaria que decidí que tenía que estudiar algo simple que me permitiera obtener un trabajo para poder sobrevivir, así de triste era mi lógica en ese momento.

Entré a una cosa llamada ingeniería comercial, en otra universidad. Siempre tuve buenas notas, los contenidos eran ligeros y no tenía que dedicarle casi nada de tiempo fuera de clases. Era lo que había pensado que quería, algo sencillo que me iba a dar un título de que ya sabía hacer algo, para ganar dinero, estaba cerca de mi casa, también iba en la tarde y podía hacer lo que quisiera en mi tiempo libre. Pero después de un año y medio me di cuenta de que estaba aburrida, no le veía sentido a estar pagando para ir a sentarme en una silla a escuchar información que, en muchos casos, sentía que no me aportaba nada. Estaba harta de casi todos mis compañeros, a quienes lo único que les interesaba era pasar la materia, de los profesores y de esa dinámica de sólo estar esperando para tener un trabajo de oficina para vivir.

Decidí que tenía que dejar de hacer eso y cambiarme de carrera y de escuela. Pero seguía sin saber qué quería hacer. La biología ya había dejado de fascinarme, pero seguía con el deseo de estudiar ciencias naturales y aunque la anterior carrera era de ingeniería, ya había pasado todas las materias de matemáticas y no había aprendido nada nuevo y no porque yo sea un genio de las matemáticas.

“Matemáticas, siempre me han gustado”, pensé, así que decidí buscar estudiar matemáticas. La UNAM ya no era una opción porque después del primer fracaso lo intenté un par de veces más y siempre saqué el mismo puntaje. Incluso me inscribí a uno de esos famosos cursos que te garantizan que lo vas a pasar, pero sólo aguanté como dos semanas, porque no le encontraba sentido a estar memorizando información a lo loco y así era ese curso.

Entonces volví a hacer el examen para la UAM, pero ahora para matemáticas aplicadas, lo pasé y entré. Me encantó, entré al campus Cuajimalpa, que es nuevo y todo se siente fresco. Las clases eran interesantes y agradables, la gente me caía bien. Y otra vez sentí esperanza de que iba a lograr “hacer algo en la vida”.  Todo estaba bien, estaba tranquila, mi salud mental estaba más o menos bajo control y la carrera me gustaba.

Un tiempo después todo empezó a descomponerse. Estaba en el tercer trimestre y acababa de regresar de un viaje que me movió muchas cosas, entre ellas la salud, estaba cansada, no podía concentrarme, era una gran hazaña llegar a la escuela (porque, además, sí que es una hazaña llegar a santa fe a las 8 de la mañana entre semana) y mi salud mental empezó a salirse de control otra vez. Estaba deprimida, envolviéndome en un comportamiento auto destructivo y aislándome de todo. Dejé de ir a clases y, aunque me inscribí al siguiente trimestre, sólo fui como tres semanas y eso, intermitentemente, porque de plano no entendía nada.

Así, un año después de creer que tenía mi problema académico resuelto, de sentirme feliz, que podía hacer cualquier cosa, de estar en paz, me encontraba otra vez en decadencia. Cuando me preguntaban cómo estaba no sabía ni qué decir, cuando me preguntaban sobre la escuela, sentía una gran vergüenza, me sentía un total fracaso, no tenía ganas ni de vivir. Lo único que me daba tranquilidad era dormir, aunque ni eso podía hacer bien. Pero lo único que tenía claro era que tenía que seguir estudiando. Por eso, una vez más, tenía que cambiarme de carrera.

Mi mamá siempre me ha apoyado en mis cambios de carrera, pero aun así me sentía muy culpable. “La culpa es un invento muy poco generoso y el tiempo tremendo invento sabandija”, dice una canción de Calamaro. Y es cierto, la culpa me carcomía. Y el tiempo, pues sentía que había desperdiciado todos esos años. Algunos amigos y conocidos míos ya se estaban graduando y trabajaban y yo ahí, jodida.

La mayoría de la gente que supo de mi nuevo cambio de carrera reaccionaba con cosas como, “¡No! ¿Otra vez?”, “Ay, Alexandra, ya acaba algo”, “¿Ya por fin será la buena?”, etc.

Pude haberme quedado ahí y continuado con matemáticas aplicadas después de que pasó la peor parte de mi periodo de decadencia. Pero sentía tanta vergüenza que preferí alejarme. Además, comencé a trabajar, sólo medio tiempo pero no podría haber seguido dedicando tanto tiempo a los viajes de ida y regreso de la escuela si quería seguir trabajando. Me cambié de carrera dentro de la misma universidad, entré a economía. Irónicamente, la primera vez que hice el examen de la UAM, había pedido economía, en el mismo campus que esta vez.

Esta nueva elección de carrera se debió sobre todo a la influencia de mi mamá, ella es economista y siempre me ha dicho que considera que yo tengo una gran habilidad para esa área del conocimiento. Y sí me gustan las ciencias sociales, más si tienen matemáticas. Entonces escogí eso.

Ahora estoy en esta carrera, sigo teniendo dificultad para encontrar motivación y he vuelto a considerar la opción de cambiarme, pero he pasado tantas veces por el proceso de selección, de hacer un examen, de inscribirme y todo eso que ya estoy cansada. Es esto o de plano dejo la universidad.

En todos mis cambios de carrera nunca consideré la posibilidad de dejar la universidad en general, hasta ahora. Pero antes de dejar que mi mente entretenga esos pensamientos, voy a intentarlo una vez más. Ya dejé la idea de las ciencias naturales porque, para empezar, ni siquiera sé de dónde salió, sí que me encantan, pero creo que no tengo ni las aptitudes ni la disciplina y está bien. Ya no lo considero un fracaso.

Si estás leyendo esto y te sientes identificado con algún aspecto, puedo decirte, después de todas estas experiencias, que tus decisiones sólo deben tener sentido para ti, que la culpa no soluciona ninguna cuestión y que no importa cuántas veces te cambies de carrera, que no hay un límite de edad para estudiar y que estudiar no necesariamente implica ir a la universidad.

 

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